África te pega una bofetada que te cambia la vida. El eco de las tórtolas de la mañana y el arrullo del atardecer. Un guantazo que te pone la cara del revés. Los gritos de unos niños que corren detrás de tu coche: ¡Tubab, tubab! ¡Hombre blanco, hombre blanco!
África es el único viaje. África de miedos y fronteras de líneas rectas. Porque cuando regresas de África –sin maleta, sin billete de vuelta, desnudo-, ya no eres el mismo. Le informo de que el único horario de salida es cuando el autobús se llena. Porque al entrar en casa, después de años buscando tu Ítaca perdida, etérea e inexistente, sólo te reconoce tu perro Argo, que, al mirarte, muere al instante. Miradas que matan los sueños y la inocencia. África de la muerte y de la vida. De la tristeza desoladora y la esperanza latente. África no es un espacio ni un tiempo, es un estado de conciencia. De lágrimas de sangre y sonrisas de algodón.
África te atrapa, dicen algunos. África del Kalavnicof y la risa de hiena. Y ya no te suelta. África de dunas y bocinas de almuecín llamando a la oración. Tanto, que, como una obsesión o un gusano que trepana tu cerebro, tira de ti y se mete dentro. África de ojos fuera de las órbitas, arrojados al lodo pestilente de los basureros. Te arrastra, hasta tenerte de nuevo en su seno. África de cayucos multicolores y horizontes de cánticos y danzas tribales. Y te infecta de malaria y de nostalgia, terribles enfermedades sin cura. África de mangos y manglares, de desiertos sin oasis ni espejismos, de sudor y tierra. Como le ocurrió a Isak Dinesen, cuando escribiera: “Yo tuve una granja en África, al pie de las colinas de Ngong” África de la infinita paciencia. Donde cualquier sueño se trunca pesadilla. Con su cafetal, sus kikuyus y sus masais, y el rugido del león en el alcor. África de coches siempre averiados, de trenes repletos de ilusiones, sin estación ni destino. De ferris oxidados como ataúdes flotantes del Estigia. África es el viaje interior de Ulises, que se mira a sí mismo, con el único ojo del cíclope Polifemo. Hasta clavarle su estaca y dejarle ciego. África que arranca ojos y rebana los clítoris. Para no querer ver más. África sensual, de limas aromáticas y majestuosos antílopes. Para desear eternamente tu propia ceguera. África del dios Doondari que crea la ceguera. Para dejar de pensar. África sin reloj, paisaje de catalepsia. África es el viaje de tu metamorfosis, tu crisálida viajera, tu alquimia, tu pócima. Tu bálsamo para el alma, tu remedio para el mal de conciencia.
África está en su mirada.
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